Arturo: “No se puede imponer una religión”

Arturo: “No se puede imponer una religión”
20 agosto, 2015 Miguel Vidal Santos

Arturo  es uno de los miembros más jóvenes de la expedición de MasLibres a Irak, que tiene como finalidad ayudar a los cristianos y otras minorías religiosas perseguidas por la yihad. También es uno de los más difíciles de fotografiar. Su experiencia ayudando a niños en Ruanda será de gran ayuda en nuestro destino, donde nos esperan un montón de niños. Así se presenta Arturo:

Aunque vamos a ayudarles, muy probablemente nos ayuden ellos más a nosotros. Suele pasar así casi siempre que ayudas a alguien: sales más recompensado tú que al que has ayudado. Como dice la Biblia: “Hay más alegría en dar que en recibir”.

Me llamo Arturo León. Soy un chico madrileño de 25 años. Hace cosa de dos meses y pico me llegó un email de maslibres.org. Comencé a leerlo un poco por encima. Algo captó mi atención: esta vez no pedimos dinero ni estamos organizando un congreso. Solamente quiero decir que me iré quince días de mis vacaciones a Irak con cristianos que están siendo perseguidos. Y después decía: quien quiera que se apunte.

Aquello llamó poderosamente mi atención, puesto que era siempre lo que echaba en falta en este tipo de iniciativas. Esta vez no se pedía colaborar de una forma indirecta, sino con la propia persona.

Pensé responder al día siguiente, pero lo vi tan claro que me apunté inmediatamente. Después me dijeron que fui el segundo en hacerlo.

Los días pasaron. Dijeron que se había apuntado demasiada gente, que habría una selección y que habría más expediciones a otros lugares donde los cristianos sufren persecución a causa de su fe. Y por suerte, entre algunas personas de Hazteoír y de Irak, fui elegido.

Así que aquí estoy, muy agradecido a Dios por este regalo de poder acudir a Irak a descubrir  una cultura que me gustaría conocer y ver cómo viven la fe nuestros hermanos en medio de un contexto musulmán.

Estos días estoy aprendiendo expresiones básicas de kurdo, leyendo el Corán y comprando algunas cositas, como algunos juguetes o el relek antimosquitos.

Ya el año pasado estuve dos meses en Rwanda, viviendo en una parroquia de la capital y en otra de un pueblo llamado Rulindo. Allí me di cuenta de que la fe se vive de una manera muy alegre y comunitaria.

En la consagración todos aplaudían y algunas mujeres hacían un pequeño grito de alabanza y alegría. Se cantaban canciones largas y alegres. En el canto de comunión algunas personas bailaban, moviendo los brazos lentamente, como si una ola empezase en su mano izquierda y fuese recorriendo los dos brazos hasta llegar a la derecha.

Había un montón de niños. A veces me miraban como a un extraterrestre. A veces se asombraban, otras se acercaban y en alguna ocasión se pusieron a llorar. Desgraciadamente también había niños abandonados o que habían abandonado voluntariamente sus casas buscando una vida mejor.

Estuve yendo veinte días, por la mañana o por la tarde, a un orfanato. Muchos de los huérfanos habían perdido a sus padres en la guerra del año 94. Lo que más me impresionó fue la alegría y lo bien que llevaban su situación. Recuerdo a un chico de mi edad que, cuando le pregunté cuántos años tenía, me contestó:

– No lo sé, veinticuatro o veinticinco. Yo era muy pequeño cuando mataron a mis padres.

Allí estaba con ellos hablando como podíamos. Nos mal comunicábamos en inglés, pero aún así hicimos buenas migas. Casi todos los días cenaban arroz o judías. Un chico muy fuerte y grande partía la leña y cocinaba en grandes perolos para todos los huérfanos. Todos se servían y se comían la comida con las manos. Era un sistema muy práctico: solo había que fregar los platos. Me acuerdo que le dije a una chica de unos veinte años llamada Yoyo si no prefería comer con cubiertos y me dijo que no, que prefería seguir haciéndolo con la mano.

Después de la cena solían ver una película. Para mi sorpresa las que más veían eran las de acción. Cuantas más patadas y más golpes entre sí, más disfrutaban los niños. Además los golpes iban acompañados por exclamaciones y risas por parte del auditorio. Eso sí, en la realidad eran chavales pacíficos.

Entre unos cuantos hicimos un campo de voleibol. Nos quedó bien. Pusimos dos palos de metal clavados en la tierra  y con cuerdas finas hicimos una red. Recuerdo que había un árbol de unos diez años que evitaba que pudiésemos hacer el campo con las medidas reglamentarias. El director del centro, ni corto ni perezoso, nos dijo que lo cortásemos. Días antes habían cortado otro de los pocos árboles que tenía la parcela para utilizarlo como leña. Aquella naturalidad y despreocupación me sorprendió.

También he estado en diferentes campamentos con parroquias y movimientos de la Iglesia. Siempre me han resultado muy enriquecedores. Poder estar con los niños es una bendición. Además es una forma de salir de uno mismo. Todo el día estás pendiente de ellos. Me acuerdo que llegaba cansado al saco de dormir, pero contento, diciendo para mis adentros: el día de hoy ha merecido la pena.

Fue por esa época, cuando tenía dieciséis años, cuando surgió en mí el deseo de hacer algo grande.  Pensaba sobre todo en los africanos. Me llamaba la atención que no tuviesen cosas que aquí dábamos por supuestas, como el agua o la luz. Creía que a lo mejor África podía ser mi sitio, que podría ayudar allí de alguna forma. Cuando por fin pude ir, me di cuenta de que no era mi lugar. Materialmente están como en España en 1915, pero me da la impresión de que poco a poco irán desarrollándose. Es cuestión de tiempo.

Ahora tengo la oportunidad de conocer el mundo árabe. No sé lo que va a pasar, pero es una cultura que me llama la atención. Espero un punto de inflexión en mi vida. Hace un año dejé el seminario en el que me preparaba para ser sacerdote. ¿Quién sabe lo que puede ocurrir? Quizá encuentre mi lugar.

La labor con la que considero que vamos a ayudar más es la de dar a conocer con historias concretas lo que pasa allí. Vamos a grabar a algunos cristianos que han sufrido persecución por su fe. Imagino que las difundiremos por internet. Este tipo de acciones contribuye a solidarizarnos más con nuestros hermanos que sufren. En España murieron cristianos hace menos de un siglo a causa de su fe. Ahora sigue la persecución en otras partes del mundo. Por un lado ayuda a solidarizarnos con ellos y por otro nos ayudará a vivir la fe con más profundidad. Todavía no les conozco, pero muchos han perdido prácticamente todo por Cristo. ¿En Europa estamos dispuestos a esto?¿Yo estoy dispuesto a esto?

También les ayudaremos en labores de reconstrucción. En quince días no creo que podamos hacer mucho, pero es una forma de darles nuestro apoyo. Este es otro modo de ayudar: a través de los gestos materiales les daremos apoyo moral, les diremos con nuestra presencia que nos importan.

Dicen que hay cierto peligro. Y ciertamente lo hay. Salvando las distancias, ocurrió algo parecido cuando fui a Rwanda. Había gente que se preocupaba mucho. Lo entiendo. Pero no pasó nada.

En esta ocasión soy consciente de que existe mayor peligro. No lo niego. Pero pongo el siguiente ejemplo: si hubiese guerra en Galicia y viajases a Madrid habría riesgo de que te pasase algo, pero por la distancia es poco probable. No vamos al frente. Vamos a una zona a la que acude la gente para refugiarse porque es un lugar más seguro.

Hay más posibilidades de sufrir un atentado que en España, pero no se puede vivir con miedo. Además iremos siempre protegidos por Dios, por la Virgen, por nuestros ángeles de la guarda y por los iraquíes que nos han invitado. No está mal, ¿no? Que sea lo que Dios quiera.

No todo el mundo de mi entorno ha visto con buenos ojos este viaje, principalmente por dos cosas. La primera por el peligro de que me secuestren o me maten. La segunda por el grupo con el que voy. Se oyen rumores de que Hazteoír tiene relación con el Yunque, una sociedad secreta mal vista por algunos obispos españoles.

Se dice que Hazteoír es una plataforma de captación para engrosar las filas de esa sociedad secreta. Pero después de hablar con un buen hombre, este miedo se me ha disipado. Por lo visto son calumnias que no responden a la realidad. Hazteoír no es una plataforma de captación del Yunque. Actúa de forma independiente.

Así que, si Dios quiere, en unos días partiremos hacia el Kurdistán. Aunque intuyo que también existen motivos políticos y económicos, no es justo que alguien ponga en juego su vida por creer en Cristo. Me parece que cada persona debe ser libre de expresarse en todos los niveles, también en el religioso. En esta vida tratamos de encontrar la verdad. Me parece más humano que cada uno crea en la religión que sea, buscando siempre la que más se adecúa con el deseo interior del hombre. Personalmente, en mi corta vida, creo que la religión cristiana es la que más responde a este deseo. Creo en la resurrección de los muertos y en una vida eterna de felicidad satisfecha y a la vez siempre creciente.

Respetémonos unos a otros y ayudémonos a buscar la verdad, pero con misericordia, no a la fuerza. De hecho, si la religión se impone, lleva al rechazo de la religión. El encuentro con Dios debe ser libre. Si no es libre, –lo sé por experiencia- la idea que te haces de Dios no se corresponde con la realidad. Dios es amor. Quiere estar con nosotros y que nosotros estemos con Él, pero que lo elijamos libremente. No se puede imponer una religión.

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