Campanas entre la barbarie

Campanas entre la barbarie
18 noviembre, 2014 Antonio Velázquez

El pasado día 9 de noviembre sucedió un hecho al que ningún medio de comunicación prestó atención. Las grandes corporaciones mediáticas no se preocupan por cuestiones menores, ya tiene bastante con los grandes nombres de la política, la economía, los fastos deportivos y el colorido de las estrellas del rock y del cine.

Quizás si hubiese tenido lugar en Nueva York, en Londres, o en Madrid, tal vez… Pero no, el milagro que cuento sucedió en una pequeña localidad perdida en la llanura de Nínive llamada Tel Isqof, al norte de Mosul.

Tel Isqof vive rodeada de salvajismo y muerte, después de que los yihadistas del Estado Islámico ocuparan la zona. El terror islamista llegó a la localidad en forma de violaciones, torturas, decapitaciones, crucifixiones, saqueos, y provocó un éxodo masivo de los cristianos que la habitaban para salvar sus vidas.

Sin embargo, las campanas de la iglesia caldea del pueblo volvieron a sonar el pasado domingo 9 de noviembre llamado a la misa. Después de tres meses de abandono, fue la primera misa que pudo celebrarse en una iglesia de la llanura, gracias al empuje de los combatientes kurdos, los Pershmerga, que tras duros enfrentamientos expulsaron de la localidad a los yihadistas.

La noticia la ha confirmado a la Agencia Fides el sacerdote caldeo de Mosul, Pablo Thabit Mekko. “Un grupo de hombres jóvenes, ahora refugiados en Kurdistán, han querido ir hasta allí con un sacerdote por unas horas, con la intención de abrir la iglesia para tocar las campanas y unirse a la celebración de la Misa. Después de la liturgia han regresado al norte, a los lugares en los que actualmente viven como refugiados”.

Impresiona y conmueve el valor de estos fieles cristianos. La fuerza de su fe les ha llevado a desafiar la muerte, pues la amenaza yihadista pervive a tan sólo 15 kilómetros de distancia, donde ha quedado situada la línea del frente tras los combates.

Pero más allá de su innegable valentía, lo que convierte el gesto de estos jóvenes en un auténtico acontecimiento es su gran valor simbólico: abrir de nuevo una iglesia para el culto en medio de la barbarie, celebrar la Eucaristía entre la ruinas, es un acto de esperanza. Esperanza en que el bien acabará derrotando al mal, antes o después. Esperanza en que la civilización, todo lo bueno que el hombre ha sido capaz de construir, vencerá a la pulsión destructora del ser humano y a las ideologías de muerte que la sustentan.

Como dice el padre Pablo, refugiado también en el distrito cristiano de Erbil, ha sido “una manera de decir que no nos iremos de nuestras tierras, y que cultivamos con tenacidad la esperanza de volver pronto a nuestros hogares y a nuestras iglesias”.

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