China: la quimera de la libertad religiosa

China: la quimera de la libertad religiosa
11 febrero, 2015 Antonio Velázquez
In destacados

La muerte del Obispo de Yixian, Mons. Cosmas Shi Enxiang, después de 14 años encarcelado y más de media vida en prisiones y campos de trabajo, pone de relieve la idea de libertad religiosa que tienen las autoridades chinas.

En los últimos años, el principio de “un país, dos sistemas” ha convertido a China en una nación abierta al exterior debido a sus espectaculares intercambios comerciales y avances económicos, pero el respeto a los Derechos Humanos y la libertad religiosa, recogida en el artículo 18 de la Declaración Universal, sigue siendo la grandes asignaturas pendientes.

En China viven unos 1.300 millones de personas, algo más de la quinta parte de la población mundial. Doce millones son católicos, apenas un 1% en el conjunto del país.

El Partido Comunista y el control de la religión

El triunfo de la Revolución Comunista de Mao Zedong en 1949 fue el inicio de una etapa de persecución de las religiones –consideradas instrumentos extranjeros de control– y de injerencia política en las instituciones religiosas.

En 1951 el Papa Pío XII excomulgó a dos obispos nombrados por el Gobierno chino sin su autorización. La respuesta gubernamental fue la expulsión del nuncio apostólico y de todos los misioneros y religiosos extranjeros.

Las relaciones diplomáticas entre Pekín y el Vaticano quedaron rotas. En 1957 el Gobierno creó la Asociación Patriótica Católica China. Todos aquellos cristianos que formaran parte de este órgano de vigilancia e intervención del Partido Comunista podían practicar su religión públicamente.

En los años cincuenta y sesenta hubo una persecución muy fuerte contra los cristianos: todo el clero nativo y muchos laicos con capacidad de liderazgo fueron encarcelados o conducidos a campos de trabajos forzados. Muchos cristianos no soportaron los largos años de padecimiento y se hicieron miembros de la Asociación Patriótica, cediendo así a la imposición gubernamental. Otros prefirieron permanecer en la clandestinidad, manteniéndose fieles a la unidad de la Iglesia universal y al Papa. Estos últimos siguieron sufriendo la persecución, especialmente los obispos, los sacerdotes y los religiosos.

A partir de la reforma política impulsada por Deng Xiaoping a comienzos de los años ochenta, se empezó a dejar paulatinamente en libertad a sacerdotes que habían pasado hasta 25 años en la cárcel. Los excarcelados optaron por continuar en la clandestinidad para salvaguardar su fidelidad a la Iglesia y al Papa. Trataban de evitar de ese modo su detención y cautiverio.

Una Iglesia, dos realidades

Es importante recordar que en China existe una única Iglesia Católica, pero dividida en dos comunidades: una oficial y otra clandestina. Es decir, no hay diferencias doctrinales entre ellas, pero una admite la injerencia del gobierno y la otra no.

Esta realidad preocupó mucho al Papa Juan Pablo II, que en alguna ocasión comparó a los católicos clandestinos con los primeros cristianos. Intentando buscar una solución, Benedicto XVI dirigió en 2007 una carta a todos los católicos chinos. En ella, el entonces Santo Padre reconocía el mérito de los que habían permanecido fieles a la autoridad papal, e invitaba a todos los católicos a vivir la comunión, el perdón recíproco y la colaboración pastoral. Proponía a unos y a otros trabajar juntos por el bien de toda la sociedad china. La carta precisó de dos notas aclaratorias posteriores debido a algunas interpretaciones erróneas que creyeron ver en ella una censura papal a la clandestinidad. Por su parte, el Papa Francisco no oculta su intención de acercamiento diplomático a Pekín para garantizar una mejor vida a la minoría cristiana de China.

Mientras los fieles católicos oficiales practican su religión abiertamente en hermosas iglesias y catedrales, los fieles clandestinos lo hacen en casas particulares, con cuidado de no ser descubiertos, y protegiendo a sus pastores para que no sean detenidos y sometidos a interrogatorios inhumanos por el simple hecho de ser sacerdotes. Los seminaristas oficiales reciben su formación en seminarios abiertos y son seleccionados para la ordenación en función de su afinidad con el pensamiento comunista; los seminaristas clandestinos lo hacen ocultos en viviendas normales y con frecuentes cambios de domicilio cada vez que hay indicios de que pueden ser descubiertos.

El Gobierno no ha relajado su política de control absoluto de la religión y de la Iglesia Católica. Manipula las ordenaciones y corrompe obispos, incluso a algunos legitimados por el Papa, a los que ofrece dinero (regalos, automóviles, embellecimiento del obispado) u honores (ser miembros del Congreso del Pueblo o de otros órganos políticos).

Purgas entre católicos clandestinos

A principios de 2013, con el anuncio de la abolición del laojiao (reeducación mediante el trabajo, campos de trabajo forzoso y sesiones de reeducación política) y la reforma del código penal, por la que la policía ya no puede mantener a nadie en prisión sin cargos más de seis meses, muchos católicos esperaban que sus obispos y sacerdotes, presos sin cargos, quedarían libres.

Entre ellos estaba Mon. Cosmas Shi Enxiang, que ha muerto a los 94 años sin ver esta medida hecha realidad.

En la cárcel continua el obispo “clandestino” Su Zhimin, de 80 años, que desapareció en custodia policial hace 18 años. Su familia ha realizado sucesivas peticiones a la policía para conocer su paradero, pero la respuesta ha sido siempre la misma desde hace años: “no sabemos dónde está”.

Monseñor Tadeo Ma Daqin, ordenado Obispo Auxiliar de la Diócesis de Shanghai el 7 de julio de 2012 con la aprobación del entonces Papa y ahora Papa Emérito, Benedicto XVI fue inmediatamente privado de su libertad y enviado a prisión tras renunciar a sus cargos en la Iglesia Patriótica, controlada por el Estado chino.

Dos sacerdotes, el P. Liu Honggeng y el P. Ma Wuyong también están en la cárcel, ya que, en obediencia al Papa, se niegan a unirse a la Asociación Patriótica.

Mejor suerte ha corrido el P. Joseph Lu Genjun, detenido y encarcelado sin juicio en 2006. Fue puesto en libertad el pasado mes de diciembre, después de ocho años de aislamiento y privación de libertad. El sacerdote, de la comunidad no oficial de Baoding (Hebei), había sufrido frecuentes detenciones por su negativa a unirse a la Asociación Patriótica.

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